Como le odiaba, muchos han tenido ese sentimiento, pero les puedo asegurar que nadie ha odiado tanto a una persona como yo.
Yo era completamente feliz, mi vida era perfecta, mi esposa me amaba y mi trabajo era el mejor al que podía aspirar, ganando un sueldo estratosférico y para ayudarme aún más en mi felicidad, mi esposa había sido fecunda, y un bebé pronto arribaría a nuestras vidas.
Un martes por la tarde, mi esposa tenía una de sus tantas revisiones médicas para chequear su salud y la del bebé. Mis amigos, que ya habían formado una familia, me decían que yo siempre debía acompañarla a estos exámenes. Para mí lo más importante era mi esposa y el hijo con el que pronto podía jugar, regañar, aconsejar y todo lo que siempre mis padres me habían transmitido. Estaba listo para entregar todo mi amor.
Tuve que salir del trabajo antes de la hora, pero el jefe era alguien que me estimaba mucho y decidió dejarme marchar con la condición que le presentaría a mi nuevo hijo a la brevedad. Al llegar al hospital me impresiono la modernidad con la que contaba aquella institución médica de origen italiano. Subimos en el ascensor y conocimos a un nuevo médico. Nos dijo que todo estaba perfectamente bien con mi hijo; era un poco más pequeño de lo normal, pero si llegaba a haber alguna dificultad se tendría que quedar en una incubadora unos días y ya.
Mi esposa salió muy feliz con los resultados de la ecografía y ya le hablaba a nuestro hijo llamándolo por su nombre.
Ignacio le decía suavemente, con la misma voz con la que me había enamorado Ignacio, ya falta poco, pronto nos verás.
Cuando yo me disponía a salir, mi esposa me recordó que un primo de ella estaba en ese hospital, ya que había sido operado de la vesícula. Se me adelantó y me dijo que nos veríamos en la sala de espera. No tuve mayor contestación para ella que asentirle con la cabeza.
De pronto escuche un suave silbido; me volteé y vi que me hacía señas con la mano, me acerqué con bastante incredulidad a aquel hombre y le pregunté qué era lo que pasaba.
Aquí no puedo decírselo dijo el profesional en voz baja y con un tono de preocupación mañana a las 22:45 vaya a esta dirección.
Me introdujo un papel en el bolsillo y cerró la puerta en mis narices, me sentí bastante confundido con las declaraciones del médico en aquél momento y les di vuelta en mi cabeza hasta que me encontré con mi mujer en la sala de espera.
Todo volvió a la normalidad.
Al día siguiente, de la visita al hospital todo fue totalmente norma. Era día de paga para mí así que llevaría a mi esposa a cenar, como todos los últimos domingos de cada mes. Llegue a mi casa y me metí la mano en la chaqueta para sacar mi teléfono celular, pero en vez de eso saqué el papel que el doctor me había entregado el otro día, lo mire y me di cuenta que la dirección que ponía era la misma del restaurante donde tenía pensado llevar a mi esposa. Me asusté.
«Solo una coincidencia» pensé. Subí a mi auto y recogí a mi esposa de su trabajo de profesora de niños con dificultades de la escuela de la calle 38. Entramos al restaurante y nos sentamos en la mesa 42, ordenamos y esperamos a que nos sirvieran. Pasaron diez minutos para que nuestra comida llegara. Yo pedí un filete poco cocido acompañado de habas y mi mujer pidió sopa y tres variedades de ensalada. No había ni rastro del médico. Un niño pequeño se nos acercó y le preguntó a mi esposa que porqué estaba tan gorda ambos nos reímos y nos dimos el tiempo para explicarle a aquel niño lo que sucedía. Su madre, avergonzada, lo tomó de la mano y nos pidió disculpas. Se lo llevo a otra mesa, pero mientras caminaba, el infante se dio vuelta y señaló el piso de arriba y exclamó: 132.
Aquello me inquietó. El papel que se me había entregado decía:
«Calle Augusto 1084, 132».
Le dije a mi esposa que quería salir un rato a fumar, ya que ella no me había permitido darme el placer de seguir con mi vicio mientras ella estuviera embarazada. Pero lo que hice fue dirigirme al piso de arriba. Para mi sorpresa solo había una mesa y la entrada a estaba custodiada, habían tres corpulentos guardias, todos con el cabello castaño y ojos miel. No me dejaban pasar, les insistí diciéndoles que alguien me esperaba. Me preguntaron el nombre de mi hijo, les dije que aún no nacía pero se llamaría Ignacio, las miradas de los hombres cambiaron e inmediatamente me dejaron entrar. Caminé unos cuatro metros hasta llegar a una solitaria mesa con el número 132 inscrito en un papel encima de ella junto a mi plato favorito, que consistía en jurel frito, con un limón a un lado y adornado con distintas especias. Uno de los hombres corpulentos me sentó y me sirvió vino, cuando probé el pescado noté que tenía el mismo sabor que recordaba de mi infancia.
Mientras comía con inusual rapidez producto de aquel exquisito plato, una figura con la cara envuelta en una bufanda se sentó frente a mí. Luego de quitarse aquella indumentaria le dijo algo al oído a uno de los guardias.
Buenas noches dijo el médico me alegró mucho que considerara lo que le entregué.
¿Cómo sabía que yo vendría aquí? le pregunté tratando de parecer lo más rudo posible.
Veo que le ha gustado mucho la comida dijo con una refinada voz, no era un acento del país usted es de vital importancia.
Estaba cada vez más intrigado y quería marcharme, pero mi curiosidad me hizo quedarme.
Si no fuera importante, no se lo pediría dijo esta vez preocupado usted debe convencer a su esposa de abortar a su bebé, cuanto antes.
Solté una ligera carcajada, aunque debo admitir que me impresionó bastante la seriedad con que el médico me comunicó lo que debía hacer.
Por favor dijo nuevamente, no le puedo dar mayores detalles pero ese bebé no debe pisar en su vida el mundo de los hombres.
No quería seguir escuchando a aquel demente. Me levanté y me dispuse a salir, pero los guardias me lo impidieron.
Sé que usted es el único que puede convencerla exclamó sollozando yo ya he sido herido por Él me mostró heridas en su pecho y en sus brazos y yo sé que usted nunca deseó a ese niño.
En ese momento un escalofrío me recorrió toda la espalda dejándome inmovilizado, hacía ya siete meses que mi esposa me había dado la noticia, tuve que fingir la alegría que cualquier hombre sentiría por aquel suceso, pero por dentro las ansiedad me carcomía y deseaba que mi esposa tuviera una perdida espontánea o se decidiera a abortar. Pero yo no sería capaz de decirle lo que sentía, tenía miedo a perderla en el parto, o tener que quedarme solo con nuestro hijo. Yo no amaba la vida que se creaba dentro de lo único que había amado de esa forma: mi esposa.
El médico me dijo que me marchara. Así lo hice y esa noche aquellas palabras me rondaron durante horas antes de quedarme dormido.
Dos meses completamente normales se sucedieron luego de lo del restaurante…
Hasta que la mañana del 23 de noviembre mi esposa dio a luz, en el hospital italiano, a las 8:41:32. El niño nació sin complicaciones y el demente médico que me dijo que mi esposa debía abortar nos atendió.
Es un hermoso niño de ojos verdes dijo con una sonrisa en su rostro pero ahora debemos dejar solos a la madre con su pequeña cría.
Los dos salimos de la habitación, me golpeó algo que no me esperaba en lo absoluto. Mi cara estaba ardiendo mientras dos hombres me sujetaban los brazos.
De verdad lo siento me dijo, mientras mi ira se iba calmando pero ya que usted no entiende por buenas maneras, ahora enfrentará las consecuencias.
El brazo izquierdo me empezó a doler mucho repentinamente.
Tiene dos opciones dijo el médico mientras se tomaba los labios con sus esqueléticas manos puede vivir felizmente con su nueva familia y atenerse a las consecuencias de que su hijo vague libremente por la tierra, o su hijo puede tener una “complicación” médica durante su estancia, si elige lo segundo usted sólo diga que tiene sed mientras yo esté atendiendo a su mujer.
Elegí la primera opción.
A los tres días del nacimiento, mi primogénito llegó a su nuevo hogar. Toda mi tranquilidad se esfumó, lloraba durante todo el día, mi esposa sólo tenía ojos para ese maldito, al igual que el resto de mi familia. Empezó a sembrar la discordia por cada lugar que pasaba; era la maldad encarnada, era un manipulador sin escrúpulos. Si un día pasaba por el frente de una universidad, una semana después un estudiante loco atacaba la misma, si viajábamos a la playa, el mismo día un accidente con decenas de muertos ocurría: era el mal.
Cuando cumplió tres años sus artimañas se hacían más complejas al igual que su inteligencia. Con solo tres años ya sabía hacer divisiones y podía dar verdaderos discursos con un amplio vocabulario. Manipulaba a mi esposa y cuando ella no creía en mis denuncias ponía una sonrisa maliciosa en su rostro.
Hasta que un día exploté por culpa de mi hijo. Regresé del trabajo deseando que todo volviera a la normalidad, pero lo único que encontré fue mi casa ensangrentada y mi mujer moribunda con sumo cuidado la tome en mis brazos.
¿Dónde estabas? dijo utilizando sus últimas fuerzas no me dejes.
Mis más bajos instintos afloraron en mí. Una mezcla de rabia por no haber hecho caso a las advertencias y el dolor de perder a la mujer que amaba me hicieron tomar la decisión.
Tomé un cuchillo de la cocina entré al cuarto del niño y le di siete puñaladas. Mis pupilas se dilataron en ese instante, todo el miedo afloro en mí. Salí de la casa no sin antes esconder la evidencia y descuartizar los cuerpos, pensando en la atrocidad que había hecho. Corrí sin descanso durante dos horas hasta que caí tendido en el pasto del Parque de la Liberación.
Cuando desperté el médico me miraba.
Felicidades dijo ahogando una risa has sido parte del experimento más relevante de la psicología en la historia.
Lo miraba completamente extrañado.
No me odies por favor dijo limpiándose sus gruesos anteojos hemos comprobado que podemos crear al asesino perfecto solo con la sugestión y la ayuda de ciertas drogas,. Mi mente daba cientos de vueltas no serás sentenciado, el dinero puede hacer muchas cosas sabes, lo único que tendrás que hacer para seguir libre es hacer exactamente lo digamos, la verdad me sorprendió la forma en que actuaste sin remordimientos y tan magníficamente.
Yo solo asesiné a mi hijo dije.
La verdad es que tú asesinaste a toda tu familia, gracias nuestras drogas no lo recuerdas, pero tu mataste a tu esposa .
Todos los recuerdos volvieron a mi mente. Yo ensangrenté la casa, yo los asesiné, yo era la maldad en persona.
Nunca creí que fuera a tener tanto éxito la implantación de una personalidad asesina en alguien tan tranquilo como usted exclamó el hombre con un tono de sorpresa ahora te borraremos todos los recuerdos y volverás a ser como antes.
Ahora me despido antes de la lobotomía que me realizarán para olvidar lo que hice. Hasta hoy me arrepiento de las decisiones que tomé, pero esto me hará estar tranquilo conmigo mismo.
El que encuentre este relato por favor, no me juzgue, ya que sólo fui una ficha en el más enfermo de los juegos.
Manicomio Bergman.
13 de marzo del 2004.
Alberto Cruz
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