domingo, 30 de enero de 2011

Paloma



Su cuerpo yacía en el fondo del pantano, acariciado por las algas que se mecían al son de las corrientes y observado por decenas de curiosos pececillos que se arremolinaban a su alrededor.

Si estos hubieran mirado para arriba, tal vez habrían visto el leve fulgor proveniente de los faros del coche de policía, que abandonado bajo la lluvia, permanecía a un lado de la carretera, con las puertas abiertas y una voz turbando la tranquilidad de la escena. Una voz distorsionada que surgiendo del altavoz de mala calidad de la radio policial, repetía sin cesar un nombre de mujer: Paloma.

Lo que sí era imposible que aquellas pequeñas criaturas acuáticas pudieran ver, era el cadáver mutilado que permanecía oculto en el almacén cercano.

Tres años atrás comenzó la nueva vida de Paloma. El día en que Paloma se convirtió en mosso d’escuadra fue el día en que su universo cambió. Toda idea romántica aprendida viendo la televisión se desvaneció. El bien no ganaba siempre al mal. El bueno no se quedaba con la chica. Los polis no eran tan duros como parecían ni tenían que resolver a diario complejas conspiraciones que amenazaran con destruir el planeta. La gente inocente también sufría. La justicia no siempre podía aplicarse.

Pese a ello, Paloma se levantaba cada día con la vana esperanza de poder cambiar el mundo. Con el iluso deseo de que Hollywood tuviera razón.

El trabajo diario era tan estresante como poco productivo. Por cada yonqui, carterista o pequeño traficante que ella y sus compañeros detenían, tres salían libres a las pocas horas.

Como todos los novatos de su profesión, la vocación les hacía desear algo. Una ilusión que con el tiempo se tornaba enfermiza, hasta que la edad, el hastío y la rutina la sepultaran: el deseo de que llegara El Gran Crimen. La gran aventura de su vida. Que un supervillano cometiera la más aberrante de las acciones, desapareciera del mapa, y entonces ella, resolvería mejor que Sherlock Holmes el enigma. La hazaña sería inmortalizada por un montón de periodistas mientras ella posaría con la pistola en una mano, el rostro sudoroso con una brecha de sangre en una ceja y los labios lo cual denotaría que no había sido tan fácil y el malo acribillado a sus pies. Y, por supuesto, sería ascendida a lo más alto.

El problema era que para Paloma, El Gran Crimen era una obsesión que anhelaba se hiciera realidad a todas horas.

Dice el refrán que tengas cuidado con lo que desees ya que puede llegar a convertirse en realidad. Un asesino pederasta, apodado el Violador del Móvil, había conseguido dotar de un nuevo sentido a la palabra horror y además, burlar con astucia cualquier intento de atraparlo. Esta situación creó entre los agentes de la ley un gran malestar y desconcierto. Se barajaban diversas hipótesis, como por ejemplo, que se tratara de más de una persona, pero fuese cual fuese la auténtica, el criminal había conseguido transformarse en un fantasma. Un demonio invisible y muy real, que usando la sencilla estratagema de acercarse a su víctima hablando por su teléfono móvil tal y como indicaron los escasos testimonios secuestraba, torturaba, vejaba, violaba y finalmente mataba de la manera más dramática posible. Y con cada víctima refinaba y perfeccionaba sus métodos.

No obstante, la policía intentaba hacer bien su trabajo y así, ciudad tras ciudad y siguiendo el reguero de sangre dejado por el asesino, consiguió estrechar el cerco hasta lograr que el deseo de Paloma se cumpliera.

En aquella nave industrial desierta, el sueño se hizo realidad, aunque de una manera bastante más dolorosa de lo que había imaginado: su cara estaba sudorosa y magullada, pequeños regueros de sangre surgían de cejas y labios, una costilla estaba rota y varios cortes de arma blanca surcaban como un feo tatuaje los brazos. Pero lo importante es que el Violador del Móvil estaba arrodillado ante ella con dos disparos en sendas rodillas. Inmóvil, no decía nada, no suplicaba por su vida. Había llegado su hora. Lo sabía, así que tan sólo sonreía observando los cadáveres calcinados de tres niños de poco más de cinco años, intentando retener esa imagen en su tránsito al otro mundo.

Paloma debía llamar por radio indicando su situación pero no lo hizo. Observó durante largo rato la escena del crimen. A uno de los niños le faltaban los dos brazos. El otro tenía el vientre abierto y los intestinos, también quemados, rodeaban su cuello. La niña no había corrido mejor suerte. Los brazos del primero estaban insertados en ella, penetrando de manera antinatural la vagina y el ano.

Tras un análisis concienzudo de la situación y resistiendo las lógicas ganas de vomitar, intentó hablar con él, para ver si podía llegar a comprender de alguna manera que sucedía dentro de su mente.

La mosso llegó a la conclusión de que no estaba ante un ser humano, por tanto era totalmente libre de hacer lo que quisiera con él.

Un tiro en la cabeza sería lo más rápido. Dejar que se desangrase por las heridas de las rodillas lo más cómodo. Pero no es lo que Paloma deseaba para el psicópata. Los sueños de grandeza se habían esfumado. Poco le importaban ya las fotos ni los grandes titulares. Lo que quería era infligir el mayor dolor posible.

Agarró el hacha del criminal y comenzó a manejarlo con destreza de un lado para otro, seccionando al criminal con saña y fría tranquilidad, intentando que la vida le abandonara lo más tarde posible.

Primero comenzó por los dedos de los pies y manos. Luego siguió con los pies y las manos. El Violador del Móvil empezó a chillar. No pedía perdón ni decía nada, pero gritaba, gritaba mucho. La chica bajó los pantalones y los calzoncillos. Asestó un hachazo en el sexo del violador. Después, arrancó torpemente el pene y los testículos que colgaban de una tira de carne y los introdujo en la boca. El último paso fue coger un pañuelo y atárselo a la boca antes de que escupiera el amasijo de carne. Los gritos se transformaron en un casi inaudible gemido.

Al finalizar la carnicería, salió del almacén tambaleándose, temblando por los nervios pero muy excitada y completamente empapada en sangre.

Minutos después, ya calmada y libre de la locura, pudo pensar con claridad, vislumbrando la cruda realidad. No había descuartizado a aquella persona en nombre de las víctimas, lo había hecho satisfaciendo un desconocido placer. Disfrutó torturándole. Disfrutó con cada golpe, cada corte, cada miembro amputado, con cada chorro de sangre que le salpicaba. Se excitó. Alcanzó varios orgasmos. Y cuando ya no quedaba nada más del criminal, aún deseaba seguir descuartizando.

Había jurado defender al inocente de monstruos como aquel. Pero ese fue el día en que Paloma se conoció a sí misma. Ese fue el día en que Paloma descubrió al monstruo que habitaba en su interior. Y antes de que fuera demasiado tarde y pudiera salir al exterior, decidió poner punto y final.

Llegó hasta la orilla, extrajo la pistola de la funda y se la quedó mirando. Su puntería era la mejor de toda su promoción y el objetivo a batir le iba a dar todas las facilidades para no errar el tiro.

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